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Las redes sociales, la adicción por el like, el deseo de caerle bien a la gente y de decirlo primero ha traído el relajamiento de las formas. En una plataforma donde hacen vida sin distinción marcas, periodistas, ciudadanos, medios e impostores, muchas veces alcanzan reconocimiento los que dicen aquello que la gente quiere escuchar y se suman a la barra de alguna postura para alentarla, y favorecerla, en detrimento no solamente de la postura contraria; en perjuicio de la verdad.

Asumir una parcialidad está bien para el ciudadano común, pero no para el periodista ni para los medios, pero en tiempos de polarización es común ver como los fanáticos se han apoderado del periodismo. Ni hablar de esos casos en donde está en juego la nacionalidad. A pocos parece importarle que los comentaristas hablen más como hinchas que como entendidos de la fuente y las discusiones que se dan al aire recuerden más una conversación de tasca.
Pero ocurre algo todavía peor y va más allá de las emociones que pueden salir durante la transmisión de un partido: en muchas oportunidades la convivencia con alguna fuente y la concordancia con sus puntos de vista hacen que el periodista se vuelva su caja de resonancia y justifique sus decisiones. Lo peor es que eso no solamente ocurre en la fuente deportiva.

El problema comienza cuando se asumen como propios los comunicados de prensa o, en general, las informaciones de la fuente sin ningún tipo de cortapisas ni contrapesos, ya sea por flojera, por comodidad o la intención de hacerlo rápido. Evidentemente el daño es menor cuando eso ocurre en informaciones cuyo propósito es el entretenimiento: aunque sea muy desagradable, las consecuencias de hacerlo en deportes o espectáculos no son comparables con las que tendría en otras como sucesos, política o economía, en donde pudiera estar en juego la vida o el honor de las personas. Desgraciadamente ocurre más de lo que suponemos.

Cuando un periodista de sucesos dice cosas como “dar de baja” o “neutralizar” para referirse a las acciones de cuerpos de seguridad del Estado, está reproduciendo el parte policial, usando su versión de los hechos e incluso su misma jerga. ¿Qué tiene eso de malo? Que la policía es parte involucrada y tiene una intención cuando hace públicos determinados acontecimientos.

No se da de baja a una persona y no es simplemente una sutileza del lenguaje: al comunicar el hecho informativo en esos términos se está deshumanizando la víctima y se podría estar encubriendo una ejecución extrajudicial. Se justifica de antemano la acción policial.

Y con un gobierno que ha sido experto en disimular con eufemismos sus acciones y su incapacidad hay que estar permanentemente atentos, sobre todo si tenemos en cuenta el inmenso poder del Estado para posicionar corrientes de opinión. Llamar a los racionamientos “planes de abastecimiento seguro”; a los incrementos de precios “ajustes”; convertir las confiscaciones en expropiaciones y a los presos políticos en privados de libertad son actos propagandísticos que uno pudiera entender que se intenten desde el lado del vocero, pero es injustificable cuando los medios y periodistas las compran y usan en sus notas sin advertir a la audiencia sobre la intencionalidad implícita.

En muchos casos no pareciera tratarse de un asunto de complacencia sino más bien de simple dejadez o descuido, lo que lo hace igualmente censurable, aunque el origen del problema esté en la mala formación, desmotivación o prisa.

Pero no son pocas las veces cuando la intención es inocultable. Más allá de los medios propagandísticos, de los que no es posible esperar ningún tipo de rigor periodístico, es alarmante la cantidad de periodistas que entienden que su rol en la sociedad es dar visibilidad a una determinada corriente y usan sus espacios y redes sociales para favorecerla, contando con el beneplácito de los lectores que aplauden ese tipo de prácticas y exigen a los periodistas ignorar el otro lado de la realidad, los voceros incómodos y los planteamientos cuestionadores.

Yolanda Ruiz, directora de noticias de RCN Radio, recuerda que “todos sabemos que objetividad no hay, pero hay honradez individual y colectiva al decidir qué se agenda, qué se ignora y lo que se despliega. No hay fórmulas mágicas; por eso es tan importante tener en las salas de redacción periodistas formados y con criterio para tomar las decisiones correctas en los momentos adecuados. Porque hacer periodismo es como caminar en el filo de una navaja”.

Aunque olvidarse de los favoritismos y mantener la rigurosidad en el manejo de la información pueda acarrear muchos problemas al periodista y signifique el disgusto del entrevistado o el rechazo de una parte de la audiencia que lo sigue, es indispensable insistir en eso, porque cualquier cosa distinta no es periodismo. Decía Miguel Ángel Bastenier: “La única manera que tiene el periodista de hacer un mundo mejor es haciendo un periodismo mejor” y eso debe ser una exigencia permanente de la audiencia, aunque el resultado sea poner al descubierto verdades que debiliten la imagen pública de su vocero favorito o cuestionen su sistema de creencias.

Texto: Luis Blanco, para El Pitazo. Foto: Cortesía.


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