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Como ese político no nos gusta nos animamos a reenviarlo a otros contactos y además lo mostramos en el bar y en la oficina diciendo: “mira, lo han pillado…”

Pero ¿qué ocurre si el vídeo que hemos recibido es un vídeo fake? un vídeo que parece totalmente real pero donde se ha modificado la imagen y el audio digitalmente para que el político diga algo que realmente no ha dicho. Hasta hace poco modificar un vídeo para que los labios de una persona digan palabras que no ha dicho era un proceso al alcance de pocos, pero muy pronto será algo disponible para cualquier persona que tenga un ordenador o un móvil.

Ya es famoso el vídeo de Obama que crearon unos investigadores en la Universidad de Washington donde el expresidente de los Estados Unidos da un discurso que realmente no ha dado, muy real y difícil de detectar como falso. Todo el proceso de producción lo han publicado sus autores en este paper.

Esta tecnología ya está desarrollándose con un fin comercial. Algunos especialistas en tecnología calculan que para el año 2020 la tendremos disponible en el mercado, incluso para utilizar en el móvil. Si nos ponemos a pensar un momento lo que esto significa realmente aterra. Que cada ciudadano con un ordenador o un móvil pueda coger un vídeo y modificarlo para que la persona que aparece en ese vídeo diga lo que quiera cada uno (con un realismo extraordinario) puede tener consecuencias sociales y políticas impredecibles.

En poco tiempo tendremos a las redes sociales inundadas de vídeos de cualquier persona, comenzando por los políticos, diciendo cualquier barbaridad, sin la posibilidad cierta y rápida de verificar si es un vídeo verdadero o falso. Como consultor de políticos esto me preocupa porque la actividad política se puede convertir en un desmentido constante de miles de vídeos falsos que rodarán por las redes cada día.

¿Qué hacemos como ciudadanos receptores de dicho material? ¿A quién creemos? Ya no solo serán las fakenews que ya nos están afectando, sino que ahora también veremos con nuestros propios ojos las versiones falsas de personas diciendo algo que no han dicho, y seguramente muchas las creeremos y las distribuiremos a través de nuestras redes sociales.

Se me ocurre pensar desde ahora mismo en soluciones, preparado como consultor para reaccionar ante la aparición de este nuevo fenómeno complejo y peligroso. Si no podemos determinar de manera práctica (y rápida) si un vídeo es verdadero o falso, si lo que ha dicho un político es lo que allí puedo ver y escuchar de sus labios, lo único que dará veracidad al vídeo será la credibilidad que ese político tenga y sus reputaciones (son varias). Pero la credibilidad es una percepción individual, no es colectiva y ni homogénea. Cada uno de nosotros le asignamos una credibilidad individual a otra persona y posiblemente un vídeo será verdadero o falso para cada uno de nosotros en función de la credibilidad que le tengamos asignada a la persona que sale en el vídeo.

“Tu palabra contra la mía, tu credibilidad contra la mía…”  Es lo que nos va a quedar cuando la tecnología tenga listas las plataformas de acceso al público en general para hacernos a todos capaces de modificar vídeos fácilmente con nuestro ordenador o nuestro móvil. Repito, algunos especialistas en tecnología suponen que en el año 2020 (dentro de dos años) podremos tenerla en nuestras manos.

¿Pero qué alcance y qué retos tiene esta tecnología para la política, para nuestra sociedad y para nuestras democracias?

En mi opinión inimaginables y muy preocupantes. Tenemos que recordar que la actualidad política va a una velocidad vertiginosa. Si se viraliza un vídeo de un político diciendo algo que no ha dicho el daño que hace a ese político y a su partido puede ser catastrófico incluso antes de que tenga tiempo suficiente para desmentirlo o publicar la versión verdadera. Además, los ciudadanos podríamos pensar que la versión que publique luego el político (como desmentido) es una versión alterada con estos programas o aplicaciones para lavar su imagen y que la versión verdadera es la inicial, quedando la duda de cuál es la fake, o las fakes, porque si todos podemos cambiar el vídeo podría haber en las redes miles de versiones en muy pocas horas.

Para la percepción de los ciudadanos la versión “verdadera” será la que produzca o emita la persona o perfil de redes sociales que tenga mayor credibilidad en cada uno de nosotros. Pensad un momento en esa situación donde tendremos en una mañana decenas o cientos de vídeos distribuyéndose por las redes sociales de políticos (y no políticos) diciendo cualquier cosa que se nos ocurra ¿Cuál versión creemos? ¿o no creemos a ninguna? ¿o solo creeremos las que confirman nuestras creencias o preferencias individuales? Y si a esto le añadimos el hecho de que la producción de estos vídeos fake podrá ser también realizada de manera organizada y profesional con la intensión de distorsionar y afectar de manera muy seria a políticos e instituciones, la situación se ve más complicada aún.

¿Qué hacemos?

La respuesta a esto debe ser de la sociedad en su conjunto y de cada uno de nosotros de manera individual. Creer lo que vemos en las redes sociales porque confirma nuestras preferencias y distribuirlo en nuestras redes debe ser cosa del pasado. De esta manera no estaremos colaborando con una inmensa red de cientos de miles de vídeos modificados con diversas intensiones (humor, desprestigio, ruido, desestabilización, campañas negras, etc.). Pero si seguimos la evolución y los efectos perjudiciales que ya han tenido las fakenews realmente no soy nada optimista.

Solo la reputación salvará a los políticos

En esa situación que viviremos muy pronto la veracidad de un vídeo o un audio de un político diciendo algo estará sujeta a la credibilidad de esa persona y del medio o la institución que le acredita. Solo la confianza y las reputaciones determinarán cuál versión de un vídeo es real tomando en cuenta que son realidades subjetivas y en base a percepciones individuales de cada uno de nosotros.

Si la BBC dice que un vídeo que ha emitido de un político es real posiblemente muchas personas lo perciban como real porque para mucha gente la BBC tiene credibilidad. Pero si un vídeo circula sin dueño aparente por las redes sociales la percepción de su veracidad dependerá totalmente de la credibilidad de la persona que sale en el vídeo hablando y si lo que dice está alineado con lo que pensamos y creemos de ella.

No me quiero ni imaginar las crisis de comunicación que tendremos que gestionar los consultores en comunicación política cada día con vídeos fake saliendo a diario con políticos diciendo cosas que no han dicho, con unos ciudadanos que no podremos saber cuál es la versión real y cuál no y con una actualidad inundada de noticias sobre desmentidos de vídeos que no son reales. Estamos hablando de un cambio radical en la realidad política de nuestras sociedades y con unas consecuencias impredecibles porque cada persona con un móvil podrá crear todas las versiones que quiera de un político diciendo lo que esa persona quiera. Dependerá de su capacidad de viralizarlo y la influencia que tenga en sus seguidores para que esas versiones se consideren como verdaderas.

Me preocupa mucho pensar en lo que puede suceder en las campañas electorales donde todo ocurre tan rápido y donde será imposible comunicar a los ciudadanos en un breve tiempo si un vídeo que causa alarma social con las declaraciones de uno de los candidatos es verdadero o falso.

También puede ocurrir que ante esta realidad muchos ciudadanos no le concedamos ninguna credibilidad a nada de lo que veamos con nuestros propios ojos en las redes sociales, pero en ese caso el contenido verdadero también perderá credibilidad y eso tienes otras consecuencias también negativas.

Lamentablemente no son muchas las soluciones porque no le podemos poner puertas al mar ni a la tecnología. Como consultor político podría hablar de recomendaciones:

– La primera. Cada personalidad pública (político en nuestro caso) debe contar con las mejores reputaciones posible (no hay una reputación, son varias y hay que gestionarlas de manera coordinada) porque le servirán de cortafuegos.

– La segunda. Cada personalidad pública debe desarrollar lo antes posible una red de contactos sólida donde sus miembros tengan a su vez credibilidad para que le sirvan como avales cuando comiencen estos vídeos y audios a ser distribuidos de manera viral en las redes sociales.

– La tercera. La variable tiempo es importante. Minuto que pase y que no se proceda a desmentir cada vídeo será un minuto donde muchas personas lo verán y pensarán que ese político ha dicho lo que ven sus propios ojos y oyen sus propios oídos que ha dicho.

– La cuarta. Dejarse asesorar lo antes posible.

Hay que pensar que la credibilidad de los vídeos fake no dependerá de poder demostrar que son falsos. Dependerá de la credibilidad que cada ciudadano de manera individual le otorgue al político, de la capacidad de viralizar el vídeo fake y el desmentido y de la capacidad de tratar cada crisis con la velocidad y la contundencia requeridas.

Se está trabajando en crear plataformas y aplicaciones que puedan detectar rápidamente si un vídeo ha sido manipulado o no, pero al final será una lucha de reputaciones y de influencia y no entre lo verdadero y lo falso. Eso sí, las consecuencias sobre nuestros sistemas democráticos pueden ser impredecibles. Ya no solo tendremos que lidiar con la existencia de fakenews que alteran irremediablemente el clima político, sino que contaremos además con vídeos y audios fake, los que yo llamo los fakemedia, que en conjunto alterarán el normal desenvolvimiento de nuestras democracias y posiblemente más de un resultado electoral.

Un artículo de Javier Galué para El Confidencial Digital


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