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La proliferación de noticias falsas, o fake news, y su capacidad de manipular o confundir a la opinión pública ha sido tema de discusión en prácticamente todos los países del mundo. Se le atribuye incluso un impacto decisivo en las elecciones presidenciales de EE.UU., en los referenda del Reino Unido y Colombia por citar solo algunos, donde los resultados han sido sorpresivos y se han impuesto las corrientes más conservadoras. En el caso venezolano, ha sido usado, sobre todo, en momentos de mayor crispación política como en las protestas de 2014 y 2017.

Se trata de una distorsión de la realidad conocida como posverdad en la que los hechos objetivos tienen menos influencia que las emociones, aprovechando la predisposición a confiar en todo aquello con lo que coincidimos.

“La posverdad también se sostiene por la simpatía natural por esas informaciones que nos sugieren que nuestra idea de bien está triunfando sobre el mal o que alguien puede hacer algo para derrotar nuestros miedos y odios más profundos”

El problema es distinguir cuando estas noticias son verdaderas o falsas, sobre todo teniendo en cuenta que su empaque y presentación puede ser idéntico al de las informaciones verdaderas, pero con un propósito totalmente opuesto: engañar con fines comerciales o para manipular la toma de decisiones ayudado por mensajes con mucha carga emocional que son rápidamente compartidos y difícilmente desmentidos y no tienen que ver exclusivamente con temas políticos.

No, el cáncer no se cura con lechosa

Aunque la proliferación de noticias falsas tiene su auge con las redes sociales, no aparecieron con ellas. Estos canales solo favorecen su difusión y distribución. Esto obliga a los lectores a estar más atentos que aquellos que solo consumen noticias por medios tradicionales, donde al menos el medio está claramente identificado, así como la hora y fecha de la publicación.

Conocer e indagar un poco acerca del que está echando el cuento permite determinar mejor lo que quiere decir. Rara vez una información falsa tiene contraste de opiniones, ni un origen de datos verificable. Incluso, las fuentes que usan muchas veces son indeterminadas y no se pueden atribuir a nadie en particular.

También la información de contexto ayuda a una mejor comprensión y en caso de duda es bueno hacerse la pregunta ¿qué podría ganar esta persona o portal diciéndome esto? La respuesta casi siempre servirá para, al menos, relativizar el mensaje y descartar algunos, lo que no quiere decir que se deba ignorar aquello que no concuerde con nuestro punto de vista. Todo lo contrario, necesitamos todos los ángulos posibles y las opiniones que nos permitan verificar y contrastar los datos, sobre todo cuando lucen demasiado buenos para ser verdad.

Qué más quisiéramos que algo tan simple como las hojas de lechosa puedan revertir el avance de las células cancerígenas, o que existe una receta milagrosa para la diabetes que los laboratorios no quieren que se sepa. Aunque la información confirmada dice que eso no es cierto y lo grita el sentido común, mucha gente ingenua termina por hacerle la tarea a los creadores de las pseudo noticias y comparte entre allegados y amigos tales informaciones como si fuesen ciertas, pudiendo poner en riesgo la salud de algún paciente. Una vez hecho el reguero, muy difícil recogerlo.

Lo correcto aquí es tomarse el tiempo de verificar, porque cualquier titular o tuit o post en redes sociales que afirme hallazgos seguramente está mintiendo y lo único que pretende, en el más inocente de los casos, es generar visitas que vean su publicidad o satisfagan su vanidad. Aunque muchas veces persigue otros fines.

Cuando en el plano político vemos la difusión de informaciones desacreditando a determinado vocero o exacerbando los miedos ante alguna corriente política, no es simple entretenimiento. Se quiere manipular artificialmente la opinión pública. Un problema que se agrava en contextos polarizados como el venezolano, donde automáticamente se da por falso cualquier contenido que provenga del bando contrario y se aceptan los del propio por inverosímiles que sean sus datos. Mucho más cuando las recomendaciones provienen de círculos de amigos y relaciones cercanas que las comparten en sus redes sociales y grupos de whatsapp, mucho antes de que los medios puedan ofrecer luces para guiar el debate.

Además de la desconfianza por defecto, resultan útiles cinco consejos para evitar convertirse en propagador de mentiras: hacerse de fuentes confiables y verificadas; distinguir la fecha-hora de la publicación; tratar de identificar la intencionalidad del discurso y mantener a raya el propio sistema de creencias para elevar el nivel de sospecha. Por último, esperar la confirmación para difundirlo en las propias redes. En ningún caso, vale aquello de “como me llegó lo comparto”.

Texto: Luis Blanco, para El Pitazo.


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