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Lo que hace el poder con sus cadenas nacionales de radio y televisión ha sido profusamente documentado. Desde que Hugo Chávez llegó al poder en febrero de 1999, se implementó un nuevo esquema comunicacional desde el gobierno y, lo que era una práctica reducida al mínimo, devino en expresión rutinaria en la vida de los venezolanos del siglo XXI.

En mi libro Hugo Chávez: la presidencia mediática, editado en 2012 por Alfa, recopilamos lo que fue el primer día en el cual el comandante tuvo poder sobre el ecosistema de medios en Venezuela:

“Ese 2 de febrero de 1999 se estableció un precedente en materia de política oficial de comunicación: se transmitieron 4 cadenas presidenciales que totalizaron 8 horas y 14 minutos de duración en el horario matutino, vespertino y nocturno. Hasta esa fecha ningún presidente democrático de Venezuela había ocupado durante tantas horas, en un mismo día, el espacio de las televisoras y emisoras radiales del país”.

Por estos días de junio, pero hace dos años, el empresario Lorenzo Mendoza sintetizó de forma corta y elocuente en lo que han devenido las cadenas nacionales de radio y televisión, ahora bajo la égida de Nicolás Maduro. Mendoza le pidió al presidente que dejara su “bla, bla, bla” televisado y que tomara acciones concretas para impulsar la producción nacional de alimentos en Venezuela. Dos años después podemos decir con propiedad que Maduro no escuchó la solicitud del presidente de Empresas Polar, y al contrario aumentó su exposición televisada y radial de transmisión obligatoria.

En el año 2016 Maduro estuvo, en promedio, 29 minutos diarios con sus cadenas nacionales de radio y televisión. En 2017 el promedio de cada día se elevó a 41 minutos. Hace dos años fueron, en total 180 horas y el año pasado 250 horas. Las cifras que recopilan el tiempo al aire de las cadenas pueden revisarse en el Cadenómetro que lleva adelante Monitoreo Ciudadano.

De acuerdo con un análisis que en su momento publicó El Nacional, Maduro utilizó el 78 por ciento de sus cadenas del año 2016 para atacar a la nueva Asamblea Nacional (luego de que la oposición democrática alcanzara el control del Parlamento gracias al apoyo popular) y para defender el modelo económico de su gobierno, insistiendo en la tesis de que los empresarios privados son culpables de la crisis aguda que atraviesa Venezuela.

Hemos analizado en diversos textos el cómo este tipo de transmisiones cercena la libertad de información. Por ejemplo, Maduro incrementa sus cadenas justamente cuando hay situaciones de conflictividad en las calles de Venezuela. Intenta mostrar una situación de supuesta normalidad en el país. Este mecanismo sencillamente le resta posibilidad al ciudadano de acceder a la información. Las cadenas en 2017 se multiplicaron en el período de protestas entre abril y julio.

A partir de las reflexiones que hemos venido haciendo en torno al uso de las cadenas por parte del poder, sumando a la asociación civil Medianálisis se apeló a los servicios de la empresa Delphos, dedicada a los estudios de opinión pública, para constatar cómo se percibía entre los ciudadanos el tema de estas transmisiones obligatorias y cómo respondían los venezolanos ante las cadenas, en Venezuela. Dentro de un monitoreo periódico que Delphos hace de la situación país, se incluyó una batería de preguntas que elaboramos. Entre el 10 y 24 de marzo de este año se aplicaron los cuestionarios a una muestra de 800 personas, mayores de edad, en entrevistas cara a cara en centros poblados con más de dos mil habitantes.

Según se desprende del estudio, la mayoría de las personas se dedica a otros contenidos cuando la cadena nacional irrumpe las programaciones de la televisión y la radio en el país. Sin embargo, de forma significativa, alrededor de un 44 por ciento sí se dedica a ver los mensajes, principalmente presidenciales, que conforman este tipo de transmisiones.

Casi una cuarta parte de los venezolanos ve en su totalidad las alocuciones de Nicolás Maduro en cadena nacional. No es una cifra insignificante. Para ese porcentaje de venezolanos la narrativa oficial podría ser casi su única narrativa, ya que si damos por cierto que un 30 por ciento de la población no accede ni a la televisión por suscripción ni al Internet, razonablemente podría asumirse que allí está el público al cual se dirige el mensaje gubernamental: el voto duro y leal del chavismo.

Ese sector no tiene mensajes de contraste ante lo que le cuenta y le explica el presidente Maduro. Por edades y beneficios sociales, la mayor sintonía está entre los mayores de 50 años y entre quienes poseen Carnet de la Patria.

Sin embargo, tampoco es menor que casi 18 por ciento de los encuestados digan que prefieren apagar la radio o la televisión apenas se instala una de las transmisiones oficiales. La primera respuesta para quienes rechazan las cadenas es seguir conectados a la pantalla chica pero cambiándose a la televisión por suscripción.

No hay en Venezuela estudios públicos que permitan determinar el impacto negativo para la facturación publicitaria de estaciones de radio y televisión por la irrupción, casi siempre abrupta (no anunciada, ni planificada) de las cadenas. La perdida de sintonía de los medios nacionales y su impacto en su facturación global es asunto que también debería discutirse.

Para quienes no ven o no les interesa lo que dicen las cadenas, el asunto pasa por lo que expresara Lorenzo Mendoza, básicamente se asumen que dichas transmisiones contienen mensajes irrelevantes. Se concentra de forma muy clara en los sectores sociales A-B pero también en el D.

Pese a que muchos de quienes hemos escrito sobre el tema de las cadenas, enfatizamos el carácter obligatorio y de agresivo que tienen estos mensajes, ya que el ciudadano común pierde por lo general el control sobre lo que puede ver (se queda sin opciones), en la encuesta no fue significativa la molestia de los encuestados por ver interrumpida la programación habitual de su estación de radio y/o televisión.

Un dato que sí resulta a todas luces llamativo es el desencanto con la política para al menos un tercio de las personas consultadas y ubicadas en el grupo mayoritario (615 de un total de 800) que no ven los mensajes presidenciales. Significativo que en términos de estratos sociales no haya mucha variación en ese manifiesto desinterés en los mensajes políticos en los segmentos sociales C, D y E.

Hace un par de años, también desde la Asociación Civil Medianálisis, realizamos una serie de grupos focales para ver cómo están viviendo y procesando los venezolanos lo relacionado con los medios de comunicación y la información, en el contexto oficial de hegemonía comunicacional. Sin que tenga un valor estadístico, en aquel momento la mayoría de participantes de los grupos focales sostenía que su respuesta ante las cadenas era apagar la radio o televisión.

De aquella investigación rescato lo que comentó una enfermera caraqueña, ubicada en estrato socioeconómico C, según la segmentación que hicimos. Ella sintetizó de esta forma su interacción con las cadenas:

“Yo le digo que sí lo veo porque hay que ver qué carajo van a hacer. No la veo completa, depende de cuánto dure. La veo un rato, la quito, después regreso y lo veo otro rato. A veces me pongo bravísima con lo que dice él, pero lo veo para saber lo que pasa”.

Texto: Andrés Cañizález. Foto: Diario PanoramaInfografías: César Heredia.

 


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